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El alcalde de Villanueva en 1808

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La Guerra de Independencia tuvo un impacto tremendo en Villanueva de Gállego. Valga como referencia de esto la cifra de población la cual, justo después del segundo sitio de Zaragoza, se vio reducida a la mitad. Por tanto no es extraño que de este período nos hayan llegado numerosas historias y leyendas de las cuales, la que más me ha atraído desde siempre es la que voy a contar. A casa de un labrador honrado de la localidad acudía todas las noches un soldado francés «más grande que un mallo» quien dejaba sin cena a la familia y pretendía a la hija del dueño de la posada. Una noche, harto de estos abusos, el padre de la jóven esperó al gabacho detrás de la puerta y cuando éste entró le asestó tal “astralazo” que lo “desnucó”. El aragonés arrastró el cuerpo del infortunado a la cuadra, siendo en este instante cuando aparecen dos versiones y la historia se convierte en leyenda: una de ellas dice que a la mañana siguiente arrojaron al muerto a la acequia de Zuera, donde apareció (era tan grande el militar, que “entibó” el cauce y el agua se desbordó). Encontrado por sus compañeros convocaron al pueblo en la plaza y preguntaron ¿Quién había sido? al no responder nadie tocaron a degüello, teniendo que huir el vecindario despavorido hacia el monte. Otra versión, que es la que más he oido, dice que al día siguiente el padre y uno de sus hijos llevaron el cadáver en un volquete a la “hera” y bajo una “femera” lo enterraron. Aun existe una tercera versión que dice fue emparedado y años más tarde apareció en una casa al derribar un tabique.

Sea como fuere la leyenda parece extraida de una obra de Calderón de la Barca, por eso el título parafraseando al edil de Zalamea, aunque en Villanueva no se trataba del Alcalde. Hay que decir que tiene cierto significado atávico. Era costumbre en los pueblos de la ribera del Gállego arrojar a los “forasteros” a la acequia, bien a modo de “bautismo civil” o como forma de echarlos del lugar. El labrador arroja al francés a la acequia para expulsar algo extraño, algo que no quiere volver a ver.

Los mitos tienen en sí cierta base real que sustancia su interpretación posterior y algo de cierto debe tener esta leyenda pues un amigo me contó, que hace muchos años un tío suyo se encontraba arreglando una casa de su propiedad cuando al excavar, para hacer una toma de agua, apareció un uniforme militar del siglo XIX, unos huesos y algo que parecía metal ya oxidado, seguramente habían encontrado al francés que habían enterrado y no emparedado, en aquel lugar. La casa en la época de los Sitios no existía porque entonces era extramuros del pueblo, con lo cual parece confirmarse la historia de enterrarlo bajo un montón de “fiemo” (hecho cargado también de cierto simbolismo).

Y es que la leyenda en sí cobra cierto sentido relacionándola con lo ocurrido realmente. Una de las medidas revolucionarias que impuso Napoleón entre sus tropas fue la exigencia de que éstas convivieran con la población ocupada, como vehículo para exportar los principios de la Revolución Francesa principalmente (antes de este hecho los militares tan apenas entraban en contacto con la población civil). La presencia del Ejército napoleónico en Villanueva se focaliza sobre todo durante el segundo sitio, cuando el Marisal Gazán establece un importante cuartel militar al mando de casi diez mil hombres, en un lugar que por entonces tan apenas poseía setecientos habitantes. Por desgracia ya no quedan muchas casas antiguas en Villanueva pero, vayanse a saber qué sorpresas nos pueden deparar las pocas que aún quedan.

NOTA: Leyendas de este tipo están bastante extendidas por toda la geografía aragonesa, en otros lugares el francés es “encerrado” en una cuba de vino.

La fotografía corresponde a la calle donde, según me han dicho, aparecieron los restos del soldado francés.

Carlos Urzainqui, 28 de octubre de 2010



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