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Francisco Pradilla y el Marqués de Linares

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José de Murga y Reolid era hijo segundón de una rica familia vasca que había cosechado una inmensa fortuna con sus negocios en Cuba y los ferrocarriles. Nació en Madrid hacia 1833, recibió una educación burguesa y liberal a lo largo de numerosos viajes por países europeos. La temprana muerte de sus padres y hermanos contribuyeron a que toda la herencia familiar recayese en sus manos, convirtiéndole de esta manera en uno de los hombres más ricos de España, aunque todavía le faltaba un peldaño por escalar en la pirámide del reconocimiento social. Su oportunidad llegó con Amadeo de Saboya, quien le recompensó con el marquesado en 1872 por su fidelidad y apoyo. Fue entonces cuando adquirió el terreno donde levantaría su famoso palacio en la plaza de Cibeles.

Don José proyectó en este edificio no solo su riqueza, sino también los conocimientos que había adquirido a lo largo de sus viajes. Con un gusto exquisito e ilustrado decoró la que iba ser su vivienda desde la soberbia escalera principal, construida con mármoles de Carrara, a las galerías superiores con decoración popeyana, completaban sus salones tapices de la Fábrica de Gobelinos, suelos con maderas exóticas, lámparas francesas, alfombras de la Real Fábrica de Tapices o el salón oriental con telas chinas. Entre los pintores que intervinieron en este espacio también figuró nuestro Francisco Padrilla Ortíz.

A Pradilla, que por entonces ya era un reconocido y cotizado pintor entre la burgesía madrileña, le correspondió adornar parte de la escalera principal y el salón de baile. Ésta es, sin duda, una de las piezas más impresionantes del palacio, de forma oblicua da a la fachada principal del edifico sobre la entrada. Llama la atención el techo pintado sobre fondo azul, poblado por personajes mitológicos entretejidos con adornos florales. Las paredes están cubiertas con cuadros alusivos a la música como el que representa a un trovador (tema recurrente en muchas de sus obras) o señoras observando la escena. La habitación se complementa con marcos sobredorados y amplios ventanales que dan al recinto sensación de amplitud y luminosidad.

En 1900 se concluyó la obra y poco después murieron los marqueses, pero con el fallecimiento sin hijos de los Murga nació la leyenda. Comenzó a correr por la Corte la historia de que el matrimonio eran en realidad hermanos ya que ella (Raimunda Osorio) era fruto de una supuesta relación incestuosa del padre del Marqués con una cigarrera del barrio de Lavapiés. Al descubrirse el lío gracias a una confesión del progenitor de don José, que ya se había opuesto a esta unión, poco antes de morir. El Papa Pío IX les concedió licencia para vivir juntos pero sin cohabitar. A pesar de esto el matrimonio tuvo una hija a la que habrían asesinado y enterrado entre las paredes del palacio. En los años ochenta del siglo XX saltaron a la prensa unas supuestas “psicofonías” en las cuales se escuchaba a la pobre criatura vagar por los salones de su casa. Apoyaba esta tesis la presencia de dos misterioras niñas que se asomaban al salón de baile entre las penumbras y que parece ser evocaban a esta supuesta descencia. Pues bien estas dos pequeñas no eran otras que las hijas de Francisco Pradilla, a quien su padre quiso inmortalizar asomándolas curiosas para ver lo que sucedía allá abajo, se da la triste circunstancia de que Pradilla pintó el Salón hacia 1886 y que poco después falleció la más pequeña de las dos.

* La foto corresponde al techo del Salón de baile del Palacio de Linares y tengo que agradecer a un amable guardia de seguridad que, al enterarse de que yo era del pueblo de Don Francisco, me dio todas las facilidades para sacar la imagen.

Carlos Urzainqui Biel, 21 de marzo de 2011 (Solsticio de primavera)



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