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FRANCISCO PRADILLA

Una exposición de Cajalón resume la capacidad del genio de Villanueva de Gállego para abordar todos los géneros pictóricos.

  • JUAN Bolea (12/04/2006)

La magnífica exposición organizada por Cajalón en torno a la obra y la figura de Francisco Pradilla (1848--1921) nos ha permitido reencontrarnos con este genio de la pintura contemporánea, cuyo trabajo, casi inabarcable, comienza, después de sufrir una cierta ignorancia o desdén, a valorarse en su justo término.

Los aragoneses tenemos muchas razones para sentirnos orgullosos de este gran maestro de la pintura en todas sus disciplinas, géneros y órdenes --desde el fresco a la acuarela; desde el mural de inspiración histórica hasta la temática mitológica--; de quien, además de un virtuoso, de un exquisito artista, y de un hombre generoso y leal, fue uno de esos aragoneses de los pies a la cabeza, marcado por el talento y la lucha por la supervivencia.

La vida de Prradilla no fue nada fácil. Según nos recuerda en el catálago de la muestra su comisario, Wifredo Rincón, el futuro genio vino al mundo en Villanueva de Gállego, en el seno de una familia honesta. Hacia 1860 lo encontramos estudiando en la Zaragoza decimonónica, si bien en tan precarias condiciones que pronto deberá dejar de asistir a las aulas para ponerse a trabajar. "Falto de todo apoyo y sin recursos tuve que dejar el Instituto para dedicarme a pintor de puertas", le escribió el joven Pradilla, en amargo tono, a Gastón de Gotor. A pesar de lo cual, Pradilla no dejó de tomar lecciones en distintos estudios--talleres de maestros zaragozanos como Eustasio de Medina o Bernardino Montañés. Rincón apunta que. durante el resto de su carrera, Pradilla mantendrá una serie de características de lo que podría llamarse Escuela Aragonesa de Pintura: "Tendencia al bocetismo, la ejecución con pinceladas cortas y rápidas y la aplicación de generosas cantidades de pintura".

Posteriormente, encontramos a Pradilla en Madrid, como asistente al estudio de Federico de Madrazo y ayudante en el taller de los escenógrafos y pintores Augusto Ferri y Jorge Bussato; contando, asimismo, con el apoyo de su paisano, el escultor Ponciano Ponzano. A partir de 1870, Pradilla descubrirá Galicia, y su arte pictórico se enamorará de aquellos paisajes casi vírgenes, de las escenas de marineros y puertos, del verde y el azul de aquella tierra que en nada se parecía a la suya. Los paisajes gallegos e italianos llegaron a configurar un corpus exento dentro de su amplísima obra, tan rica y variada que, como decíamos, no dejó género alguno sin experimentar.

Buena parte de la fama de Pradilla se debe a sus espectaculares reconstrucciones históricas, trabajos que a menudo le eran encargados por los grandes museos, por ministerios o instancias oficiales, o por representantes de la nobleza. Así, por ejemplo, sus series sobre Juana la Loca o sobre la conquista de Granada por parte de los Reyes Católicos.

Como director del Museo del Prado, Pradilla realizó una estimable labor en la recuperación del legado de Goya, a quien siempre consideró su primer maestro. Después de algún tiempo de ocupar cargos oficiales, se retiró a pintar en su casa neo--árabe, con la aplicación que exigía su caudalosa imaginación.

http://www.elperiodicodearagon.com/noticias/noticia.asp?pkid=243684



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